El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Los dos gigantes que estaban trabajando en un rincón empezaron a producir un rÃtmico martilleo que dio una potente música a la escena. El metal relucÃa con mucho más brillo que antes, ofreciendo a Redwood una visión más clara del campamento de la que hasta entonces habÃa tenido. Vio aquel espacio rectangular en toda su extensión, con las grandes máquinas de guerra, dispuestas y a punto de funcionar. Más allá, a un nivel superior, se alzaba la casa de los Cossar. A su alrededor estaban los jóvenes gigantes, enormes y hermosos, relucientes en sus cotas de malla, ultimando los preparativos para el dÃa siguiente. A la vista de ellos cobró ánimos. ¡Eran tan fácilmente poderosos! ¡Eran tan altos y tan valientes, tan seguros en sus movimientos! Su hijo estaba entre ellos, y la primera de todas las mujeres gigantes, la princesa…
Le atravesó la mente el más extraño contraste, el recuerdo de Bensington, tan pequeño e inteligente… Bensington, con la mano metida en el blando plumón de aquella primera gallina gigante, en aquella habitación amueblada convencionalmente, donde vivÃa, mirando dubitativamente por encima de las gafas, mientras su prima Jane salÃa dando un portazo…
Todo habÃa ocurrido en un ayer de hacÃa veintiún años.