El alimento de los dioses
El alimento de los dioses De pronto, una extraña duda se apoderó de él. Tuvo la impresión de que aquel lugar, con toda su grandiosidad, tenía la textura de un sueño. Estaba soñando y en un instante se despertaría para volver a encontrarse en su estudio, con los gigantes asesinados, el Alimento suprimido y él hecho prisionero, encerrado en su propia casa. ¿Qué otra cosa era sino la vida…? ¡Estar siempre prisionero y encerrado! Aquello era la culminación de su ensueño. Se despertaría en medio de un mar de sangre, en plena batalla, para encontrarse con que su Alimento era la más necia de las fantasías, y que sus esperanzas y su fe en un mundo futuro mayor no eran más que una especie de película coloreada proyectada sobre una charca insondable y corrupta. ¡La pequeñez era invencible…! Tan fuerte y profundo fue su desaliento, su insinuación de desilusión inminente, que se puso de pie de un salto. Se restregó los ojos con los puños cerrados y permaneció un momento así, temiendo que al volver a abrirlos el ensueño ya se hubiese disipado…