El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Las voces de los muchachos gigantes resonaban como música de fondo en medio de aquella estruendosa melodÃa de los herreros. La marea de la duda fue bajando. Oyó las voces de los gigantes, oyó sus movimientos alrededor de él. ¡Aquello era real, absolutamente real, tan real como los actos impulsados por el despecho! Más real aún, porque aquellas grandes cosas probablemente son las cosas del porvenir, mientras que la pequeñez, la bestialidad y la invalidez de los hombres son las cosas que acaban. Abrió los ojos.
—¡Ya está! —exclamó uno de los dos herreros, y ambos tiraron al suelo sus martillos.
Una voz resonó desde arriba. El hijo de Cossar, de pie sobre el terraplén, se habÃa vuelto hacia ellos y les estaba hablando.