El alimento de los dioses

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Fue un guardabosque llamado Godfrey, empleado en la hacienda que el teniente coronel Rupert Hick poseía cerca de Maidstone, quien encontró y tuvo la suerte de matar al primero de esos monstruos que registra la historia. Andaba metido en los helechos hasta las rodillas en un claro del bosquecillo de hayas que diversifica al parque del teniente coronel Hick, con su escopeta al hombro —afortunadamente para él era una escopeta de dos cañones—, cuando vio por primera vez el insecto. Se acercaba a contraluz, de modo que no pudo verlo distintamente, y al acercarse zumbaba «como un motor de automóvil». Admite que se asustó. Evidentemente era tan grande o mayor que una lechuza, y a su ojo ejercitado, el vuelo del monstruo, y particularmente el nebuloso torbellino de sus alas, debió de haberle parecido en nada semejante al vuelo de un pájaro. El instinto de conservación, según creo, se mezclaría con un antiguo hábito, cuando Godfrey dice que «dejó que volara en línea recta».








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