El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Ésta es la primera aparición auténtica de las avispas gigantes. El día siguiente, un ciclista que bajaba a toda velocidad la cuesta que hay entre Sevenoaks y Tonbridge, con los pies en el manillar, por poco no aplasta otra de esas avispas gigantes que se arrastraba por la carretera. El paso del ciclista pareció alarmarla, y emprendió el vuelo con un ruido parecido al de un aserradero. Con la emoción del momento la bicicleta saltó por la cuneta, y cuando el ciclista pudo mirar hacia atrás, la avispa se alejaba, elevándose por encima de los bosques, hacia Westerham.
Después de hacer unas cuantas eses, el ciclista echó mano de los frenos, se apeó —temblaba de un modo tan violento que se cayó de bruces encima de la bicicleta al apearse— y se sentó en el borde de la cuneta para rehacerse un poco. Se había propuesto pedalear hasta Ashford, pero aquel día no pudo llegar más allá de Tonbridge…
Después de esto, y curiosamente por cierto, no se registraba la presencia de las grandes avispas durante tres días. Consultando los informes meteorológicos de aquellos tiempos me encuentro con que fueron con precipitaciones locales, lo cual puede tal vez explicar esta intermitencia. Luego, al cuarto día, el cielo se presentó de nuevo azul y despejado, con un sol brillante y una invasión tal de avispas como el mundo es seguro no había visto nunca.