El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Es imposible adivinar cuántas avispas salieron a la luz aquel día. Hubo una víctima, un tendero de comestibles, que descubrió uno de esos monstruos en un barril de azúcar, y con mucha temeridad por su parte lo atacó con una pala al emprender el vuelo. La arrojó al suelo por un momento, pero la avispa le aguijoneó perforándole la bota, mientras él la golpeaba de nuevo, partiéndola en dos. De los dos, el tendero fue el primero en sucumbir…
La más dramática de aquella cincuentena de apariciones fue la de la avispa que visitó el Museo Británico a eso del mediodía, descolgándose del sereno y azul firmamento sobre una de las innumerables palomas que picotean en el patio de dicho edificio y remontándose luego a la cornisa para devorar a su víctima con toda tranquilidad. Después se arrastró un rato por el techo del museo, entró en el interior de la cúpula de la biblioteca por un tragaluz, zumbó un buen rato por el interior —produciendo la consiguiente huida de los lectores— y, por fin, encontrando otra ventana, volvió a desaparecer de la observación humana, produciéndose un súbito silencio.
La mayoría de las demás informaciones se refieren al paso o al descenso de uno de estos insectos.