El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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—He eztado demaciado preocupado, ceñor Redwood —contestó Skinner—. ¡Ci uzted zupiera por lo que hemoz pazado… yo y mi ceñora! ¡Y todo durante el último mez! No zabíamos qué pensar de todo ello, ceñor Redwood. ¡Con laz gallinaz haciéndoce tan gordaz, y las tijeretaz, y la enredadera amarilla! No cé ci le he dicho a uzted, ceñor, que la enredadera amarilla…

—Ya nos ha hablado usted de todo eso —dijo Redwood—. Lo que ahora importa, Bensington, es saber qué vamos a hacer.

—¿Qué vamoz a hacer? —repitió Skinner.

—Tendrá usted que volver allí, señor Skinner —dijo Redwood—. No puede usted dejar a su esposa sola toda la noche.

—No me iré zolo, no, ceñor. Aunque hubiece una docena de ceñoras Zkinner. Ez el ceñor Bencington…

—¡Tonterías! —dijo Redwood—. Las avispas estarán quietas por la noche. Y las tijeretas se marcharán…

—Pero ¿y laz rataz?

—No hay ninguna rata —dijo Redwood.


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