El alimento de los dioses
El alimento de los dioses El señor Skinner podía muy bien haber hecho caso omiso de su principal motivo de ansiedad. La señora Skinner no terminó el día en casa.
A eso de las once la enredadera amarilla, que había estado poco activa toda la mañana, empezó a trepar por la ventana y a oscurecer la habitación con rapidez y cuanto más oscuro se hacía, tanto más claramente percibía la señora Skinner que su situación se tornaría muy pronto inaguantable. Y también le pareció que habían transcurrido unos cuantos siglos desde que se fue su marido. Se asomó a la oscurecida ventana, a través de los inquietos zarcillos, permaneció allí algún tiempo, y luego se fue, muy cautelosamente, a abrir la puerta del dormitorio y se puso a escuchar…
