El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Todo parecía estar quieto. Por lo tanto, recogiéndose las faldas, pasó al dormitorio, y después de haber mirado debajo de la cama y de haberse encerrado, procedió, con la metódica rapidez de una mujer experta en esos quehaceres, a hacer el equipaje. La cama no estaba hecha y el suelo estaba cubierto de trozos de enredadera que Skinner había cortado la noche anterior a fin de poder cerrar la ventana, pero a aquel desorden ella no hizo el menor caso. Hizo un fardo con un lienzo muy decente. Enfardó toda su ropa más una chaqueta de pana que Skinner solía llevar en ocasiones especiales, y además empaquetó también un tarro de pepinillos en conserva que no había sido abierto aún. Hasta aquí estuvo plenamente justificado su plan de hacer paquetes. Pero también empaquetó dos latas herméticamente cerradas que contenían Heracleoforbia IV, que Bensington había llevado en su último viaje. (Era una mujer buena y honrada… pero era también abuela, y le había apenado ver cómo se despilfarraba un alimento que producía un crecimiento tan fabuloso en un grupo de infectos pollos).