El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Y después de haber hecho un gran paquete con todas estas cosas se caló el gorrito, se quitó el delantal, ató las varillas del paraguas con un cordón de zapato nuevo, y después de permanecer un buen rato a la escucha en la ventana, abrió la puerta y salió impetuosamente a un mundo lleno de peligros. Llevaba el paraguas debajo del brazo y asía el fardo con sus manos nudosas y resueltas. Llevaba su mejor gorrito dominguero, y las dos amapolas que erguían sus corolas, en medio de sus esplendores de cintas y cuentas, parecían impulsadas por el mismo trémulo valor de que ella se hallaba poseída.
Sus facciones arrugaron la raíz de la nariz con determinación. ¡Ya estaba harta de todo aquello! ¡Dejarla allí sola! Qué Skinner volviera cuando quisiese.
Salió por la puerta principal, y siguió adelante, no porque quisiera dirigirse a Hickleybrow (su destino era Cheasing Eyebright, donde residía su hija casada), sino porque la puerta trasera era infranqueable debido a la enredadera amarilla que había estado creciendo furiosamente desde que la señora Skinner vertió impensadamente una lata de alimento cerca de sus raíces. Al salir, volvió a aguzar el oído durante unos momentos, y luego cerró la puerta con mucho cuidado. Al llegar a la esquina de la casa se detuvo a escudriñar…