El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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Un extenso montículo arenoso en la ladera de la colina, más allá de los pinares, marcaba el lugar del nido de las avispas gigantes, y la señora Skinner lo estudió con gran cuidado. Ya atardecía y ni por casualidad se veía una avispa; a no ser por un ruidito un poco más perceptible del que hubiese hecho un aserradero de vapor situado en medio de los pinares, todo estaba silencioso. En cuanto a las tijeretas, no pudo ver ni una sola. Allá abajo, en medio de las coles, había algo que se movía, pero debía ser probablemente un gato al acecho de algún pájaro. Permaneció contemplando todo durante un buen rato.

Dio unos pasos, doblando la esquina de la casa, y se le ofreció a la vista el gallinero con los pollos gigantes. Se detuvo de nuevo.

—¡Ah! —exclamó, sacudiendo la cabeza al verlos.

Ya habían alcanzado la talla de un avestruz, pero, naturalmente, tenían en cuerpo mucho más rechoncho… Eran animales mayores, en conjunto. Todas eran gallinas, cinco en total, pues los dos gallos se habían matado mutuamente. Vaciló un momento ante la actitud decaída de los pollos.

—¡Pobrecillos! —exclamó, dejando en el suelo su fardo—. No tienen agua. ¡Y con el apetito que tienen! —Se puso un flaco dedo en los labios y sostuvo una conferencia consigo misma.


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