El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Os la podéis figurar como una especie de hormiga negra erguida llevando a cuestas su blanco hato y apresurándose a lo largo del pequeño y blanco sendero que se va separando de la ladera, bajo el cálido sol de una tarde de verano. Iba esforzándose hacia delante, tras su resuelta nariz, infatigable, las amapolas de su gorrito temblando constantemente, y sus botas de cierre elástico blanqueándose cada vez más en el polvo de la llanura. Flip-flap, flip-flap, iban haciendo sus pasos a través del inmóvil bochorno del dÃa canicular, y de un modo persistente el paraguas buscaba la manera de deslizarse bajo el codo que lo sostenÃa La boca aparecÃa fruncida, denotando una resolución extrema, y de vez en cuando ordenaba a su paraguas que volviera a colocarse en su sitio o daba a su estrechamente agarrado fardo una vengativa sacudida. Y a veces sus labios mascullaban fragmentos de alguna prevista disputa entre ella y Skinner.
Y muy lejos, a muchos kilómetros de distancia, el campanario de una iglesia empezó a destacarse insensiblemente surgiendo del vago azul del cielo, para marcar más y más distintamente el tranquilo rincón donde Cheasing Eyebright se refugiaba del tumulto mundanal, sin acordarse en absoluto de la existencia de la Heracleoforbia oculta en aquel blanco hato que se esforzaba tan persistentemente en avanzar en dirección a aquel ordenadÃsimo retiro.