El alimento de los dioses

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VII

Tal como he podido deducir, los pollos hicieron su aparición en Hickleybrow hacia las tres de la tarde. Su llegada debió de ser algo jocoso, aunque no había entonces nadie en las calles para poder presenciarla. El violento berrido del pequeño Skelmersdate parece que fue el primer aviso de que ocurría algo insólito. La señorita Durgan de la Oficina de Correos, estaba asomada a la ventana como de costumbre cuando vio a la gallina que había cogido al infeliz niño, corriendo a escape calle arriba con su víctima, con otras dos gallinas pisándole los talones. ¡Ya conocéis las balanceantes zancadas de los polluelos modernos, atléticos y emancipados! ¡Podéis imaginaros la viva insistencia de la hambrienta gallina! Aquellas aves eran Plymouth Rock, según me han dicho, una raza que, aun sin la ayuda de la Heracleoforbia, se caracteriza por sus grandes zancadas.

Probablemente la señorita Durgan no se sorprendió demasiado. A pesar de la insistencia de Bensington en guardar el secreto, habían circulado rumores en el pueblo, desde hacía algunas semanas, acerca de los grandes polluelos que estaba criando Skinner.

—¡Dios mío! —exclamó Miss Durgan—. ¡Es lo que me temía!


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