El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Tal como he podido deducir, los pollos hicieron su aparición en Hickleybrow hacia las tres de la tarde. Su llegada debió de ser algo jocoso, aunque no habÃa entonces nadie en las calles para poder presenciarla. El violento berrido del pequeño Skelmersdate parece que fue el primer aviso de que ocurrÃa algo insólito. La señorita Durgan de la Oficina de Correos, estaba asomada a la ventana como de costumbre cuando vio a la gallina que habÃa cogido al infeliz niño, corriendo a escape calle arriba con su vÃctima, con otras dos gallinas pisándole los talones. ¡Ya conocéis las balanceantes zancadas de los polluelos modernos, atléticos y emancipados! ¡Podéis imaginaros la viva insistencia de la hambrienta gallina! Aquellas aves eran Plymouth Rock, según me han dicho, una raza que, aun sin la ayuda de la Heracleoforbia, se caracteriza por sus grandes zancadas.
Probablemente la señorita Durgan no se sorprendió demasiado. A pesar de la insistencia de Bensington en guardar el secreto, habÃan circulado rumores en el pueblo, desde hacÃa algunas semanas, acerca de los grandes polluelos que estaba criando Skinner.
—¡Dios mÃo! —exclamó Miss Durgan—. ¡Es lo que me temÃa!
