El alimento de los dioses

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Parece que se comportó con una gran presencia de espíritu. Cogió de un tirón el saco precintado de la correspondencia que estaba esperando para enviar a Urshot, y se lanzó a la puerta inmediatamente. Casi simultáneamente apareció el señor Skelmersdale al otro extremo del pueblo, aferrando una regadera por el pico, y muy pálido. Y, como es natural, al cabo de un instante, cada uno de los habitantes del pueblo se había asomado a la puerta o a la ventana.

El espectáculo que ofrecía la señorita Durgan cruzando la calle, con toda la correspondencia diaria de Hickleybrow en las manos, hizo detenerse al pollo que se había apoderado del pequeño Skelmersdale. El ave se detuvo en un momento de indecisión, y luego se dirigió hacia las abiertas puertas del patio de Fulcher. Aquel instante fue fatal. El segundo pollo lo alcanzó limpiamente, entró en posesión del niño gracias a un picotazo muy bien dirigido y saltó por encima de la tapia dentro del jardín de la vicaria.

—¡Croe, croe, croe, croe, croe, croe! —chilló la gallina más rezagada al recibir un golpe propinado por el señor Skelmersdale con mucha habilidad, al lanzarle la regadera. La gallina aleteó desesperadamente saltando por encima de la cerca del cottage de la señora Glue y de allí al campo del médico, mientras aquellas aves gargantuescas perseguían al pollo que tenía el niño por el césped de la vicaría.


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