El alimento de los dioses
El alimento de los dioses La principal reacción inmediata ante aquella pasmosa irrupción de gigantescas aves de corral sobre la mente humana se tradujo en la aparición de una extraordinaria afición a gritar, correr y lanzar objetos, y en seguida todos los hombres hábiles de Hickleybrow y algunas mujeres salieron al exterior con una notable variedad de artículos contundentes en las manos para comenzar a dar caza a las gallinas gigantes. Consiguieron espantarlas en dirección a Urshot, donde se estaba celebrando una feria rural, y Urshot las acogió como la gloriosa apoteosis de una jornada feliz. Empezaron a disparar contra ellas cerca de Findon Beeches, pero al principio solamente con escopetas pequeñas. Naturalmente, unos pajarracos de aquel tamaño podían absorber una cantidad ilimitada de perdigones sin grave riesgo. Se dispersaron algo cerca de Sevenoaks, y cerca ya de Tonbridge una de ellas emprendió vuelo choqueando un rato, presa de una agitación excesiva, en cabeza y paralelamente al expreso del barco correo de la tarde… con gran asombro por parte de los que allí viajaban.
A eso de las cinco y media dos de ellas fueron cogidas, muy ingeniosamente, por el propietario de un circo en Tunbridge Wells, que las atrajo dentro de una jaula que se hallaba vacante por la muerte de un dromedario viudo, con la añagaza de esparcir por el suelo trozos de pan y de pastel…