El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Cuando el infortunado Skinner se apeó aquella tarde del tren de la línea del Sudeste en Urshot, ya había anochecido. El tren llegó con retraso, pero no excesivo, y Skinner así se lo hizo notar al jefe de la estación. Tal vez viera alguna intención en la mirada del jefe de estación. Después de una breve vacilación, y con un ademán confidencial, poniéndose la mano al lado de la boca, preguntó si había ocurrido «algo» aquel día.
—¿Qué quiere usted decir? —preguntó el jefe de estación, que tenía una voz seca y enfática.
—Laz avizpaz ezas y demaz.
—No hemos tenido tiempo de pensar en avizpaz —dijo con sorna el jefe de estación—. Hemos estado demasiado atareados con sus endemoniadas gallinas.
Y comunicó la noticia de los polluelos a Skinner, del mismo modo que si se tratara de romper los cristales de la ventana de un político enemigo.
—¿No ha oído uzted nada de la ceñora Zkinner? —preguntó Skinner, entre aquella lluvia de expresivas noticias y comentarios.
—¡Ni por asomo! —exclamó el jefe de estación, como si hasta él trazara en algún sitio la línea divisoria entre lo que se sabe y lo que se ignora.