El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —Deberé inveztigar zobre ezo —dijo Skinner, poniéndose fuera del alcance de las conclusiones que proferÃa el jefe de estación sobre la responsabilidad que implicaba una nutrición gallinácea excesiva…
Al pasar por Urshot, un calero llamó a Skinner, desde las minas de Hankey, preguntándole si buscaba a sus gallinas.
—¿No zabe uzted nada de la ceñora Zkinner? —le preguntó éste.
El calero —sus frases exactas no nos interesan aqu× demostró un interés superior por las gallinas…
Ya estaba todo oscuro —tan oscuro, al menos como puede estarlo una clara noche de junio inglesa cuando Skinner asomó la cabeza en la taberna de los Jolly Drovers preguntando:
—¡Hola! ¿No habéiz oÃdo algo de eza hiztoria de miz gallinaz?
—¿Que si hemos oÃdo algo? —dijo Fulcher—. ¡Hombre! Precisamente una parte de la historia se ha desarrollado en el tejado de mis establos, y uno de sus capÃtulos ha abierto un boquete en el huerto de la señora del vicario. ¡Ah Perdón…! Quise decir del invernáculo.
Skinner se decidió a entrar.
—Quiciera algo que fuece un poco reconfortante. Ginebra caliente y agua para mi gaznate.