El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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Y todo el mundo empezó a contarle cosas de los polluelos.

—¡Válgame Dioz! —exclamó Skinner. Y después de una pausa, añadió—: ¿No zabéis nada de la ceñora Zkinner?

—¡Nada! —contestó Witherspoon—. No hemos pensado en ella. No hemos pensado en ninguno de los dos.

—¿No ha estado usted en casa hoy? —preguntó Fulcher con un jarro de cerveza en la mano.

—Si uno de esos endemoniados pajarracos la ha picoteado… —empezó a decir Witherspoon, dejando el entero horror de la imagen a las libres imaginaciones de los circundantes.

A los allí reunidos se les ocurrió en aquel momento que sería un buen final de un día lleno de acontecimientos, ir todos con Skinner para ver si le había sucedido algo a su señora. Nunca se sabe la suerte que le puede caber a uno cuando se presentan accidentes al por mayor. Pero Skinner, ante el mostrador, bebiéndose su ginebra caliente con agua, con un ojo errabundo sobre los objetos que había en el fondo de la taberna y el otro fijo en el vacío, no comprendió aquel momento psicológico.

—No habrá ocurrido nada con ninguna de ezas grandez avizpaz hoy, ¿verdad? —preguntó con una elaborada indiferencia en el gesto.


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