El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —Hemos estado demasiado ocupados con sus gallinas —dijo Fulcher.
—Zupongo que todaz habrán vuelto a zu guarida —repuso Skinner.
—¿Qué?… ¿Las gallinas?
—Eztaba penzando ezpecialmente en laz avizpaz —aclaró Skinner.
Y luego, con un aire de circunspección que habrÃa infundido sospechas a un bebé de una semana, y acentuando fuertemente la mayorÃa de las palabras que iba escogiendo, preguntó:
—Zupongo que nadie ha oÃdo decir nada de otra coza grande que haya aparecido por aquÃ, ¿no ez cierto? ¿De grandez perroz, o gatoz, o algo aci? Me parece a mà que ci hay grandez gallinaz y grandez avizpaz por todaz partez…
Y se echó a reÃr, haciendo como que decÃa las cosas sin ton ni son.
Pero una expresión taciturna se dibujó en los semblantes de los vecinos de Hickleybrow. Fulcher fue el primero en dar a sus ideas condensadas la forma concreta de palabras.
—Un gato que hubiera crecido como las gallinas —dijo Fulcher.
—¡Vaya! —exclamó Witherspoon—. Un gato proporcionado a las gallinas.
—SerÃa un tigre —murmuró Fulcher.