El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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—Más que un tigre —rectificó Witherspoon.

Cuando, por fin, Skinner, emprendió la marcha por el solitario sendero que pasa por el borde del campo que separa Hickleybrow de la sombría hondonada cubierta de pinos, bajo cuya oscura sombra la gigantesca enredadera amarilla se agarraba silenciosamente a la Granja Experimental, la emprendió solo.

Se le vio destacarse distintamente contra el horizonte, contra la cálida y diáfana inmensidad del cielo del norte —porque hasta allí fue seguido por el interés público—, para descender de nuevo dentro de la noche, dentro de una oscuridad de la cual parecía que nunca volvería a resurgir. Pasó… al reino del misterio. Hasta la fecha nadie sabe lo que pudo haber sido de él, después de haber cruzado la cresta de la colina. Cuando, más tarde, los dos Fulcher, con Witherspoon, empujados por sus propias imaginaciones, llegaron a la cima de la colina para seguirle de lejos, la noche se lo había tragado por completo.

Los tres hombres permanecieron muy juntos. No se oía el menor ruido en aquella oscuridad boscosa, ni había nada que ocultase la granja a sus miradas.

—Todo va bien —dijo el joven Fulcher, dando fin a un largo silencio.

—No veo ninguna luz —repuso Witherspoon.

—Desde aquí no puede verse.

—Está todo brumoso —dijo el viejo Fulcher.


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