El alimento de los dioses

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En un momento el doctor saltó de la calesa al suelo, torciéndose con fuerza el tobillo, aunque él lo ignoró, y se puso a dar latigazos furiosamente a una tercera rata que se lanzaba directamente contra él. Casi ni recuerda el salto que tuvo que dar por encima de la rueda, al volcarse la calesa, tan borrosas fueron las raudas y candentes impresiones que le acometieron. Yo creo que el caballo se encabritó al sentir que la rata se mordía el cuello, cayendo entonces de lado y arrastrando el carruaje en su caída; el doctor saltó, como si dijéramos, de modo instintivo. Al volcarse la calesa, el depósito de la lámpara se rompió y de repente surgió una gran llamarada de aceite ardiente, una explosión de luz blanca.

Esto fue lo primero que vio el ladrillero.

Había oído el trote que indicaba la proximidad del doctor, y, aunque éste no recuerde nada, unos gritos desaforados. Había saltado apresuradamente de la cama, y al hacerlo oyó un estruendo terrorífico, con la erupción de la llamarada tras la persiana que levantaba.

—Era más claro que el día —dijo después el ladrillero.


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