El alimento de los dioses

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Se quedó como petrificado, con la cuerda de la persiana en la mano contemplando estupefacto por la ventana la pesadillezca transformación de la familiar carretera que se extendía ante él. La negra silueta del doctor, haciendo molinetes con el látigo, resaltaba sobre el fondo de las llamas. El caballo coceó indistintamente, medio oculto por el resplandor, con una rata agarrada al cuello. En la oscuridad, contra la pared del cementerio parroquial, los ojos de un segundo monstruo brillaban con malignidad. Otro —simple masa de espantosa negrura con luminosos ojos rojos y las patas delanteras de color de carne— se agarraba en equilibrio inestable sobre la albardilla del muro adonde había trepado al producirse la explosión de la lámpara.

Ya conocéis la astuta cara de una rata, sus dientes afilados y los ojos vivos. Vista con una ampliación séxtuple de sus dimensiones lineales y aun más amplificadas por las tinieblas, el asombro y los danzantes brincos fantásticos de las llamas, debió de ser un pésimo espectáculo para el ladrillero, aun medio dormido.

Entonces el doctor se dio cuenta de la oportunidad que se le ofrecía, de la tregua momentánea que suministraba el fuego, y desapareció de la vista del ladrillero, aporreando la puerta con el mango del látigo…

El ladrillero no lo dejó entrar hasta que fue en busca de una luz.


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