El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Se acercó a Bensington y se quedó de pie junto a su silla.
—Y a propósito —dijo bajando imperceptiblemente el tono de la voz—, ¿sabe ella…?
E indicó la cerrada puerta.
—¿Quién? ¿Mi prima Jane? Pues, sencillamente, no sabe nada de todo eso. No nos relaciona con ese asunto y no quiere leer los artÃculos. «¡Avispas gigantes! —dice—. ¡No tengo suficiente paciencia para leer los periódicos!».
—Tenemos suerte —murmuró Redwood.
—Supongo que la señora Redwood…
—No —dijo Redwood—, ahora precisamente da la casualidad de que… se halla muy preocupada por el niño. Y es que, ya sabe, el niño sigue adelante.
—¿Creciendo?
—SÃ. Ha aumentado un kilo doscientos treinta gramos en diez dÃas. Ya pesa cerca de veintiocho kilos. Y tiene sólo seis meses. Naturalmente, la cosa es alarmante…
—¿Con buena salud?