El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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—Muy vigoroso. La niñera nos deja porque el niño patalea con demasiada fuerza. Y todo le queda chico, claro está. Todo, absolutamente todo tiene que rehacérsele, la ropa y todo lo demás. Al cochecillo —un asunto sin importancia— se le rompió una rueda, y tuvimos que llevar al chico a casa en la carretilla del lechero. Toda la gente mirando… Y hemos tenido que volver a poner a Georgina Phyllis en la cuna del chico para poderle poner a él en la cama de Georgina Phyllis. Su madre está, como es natural, muy alarmada. Al principio se sentía muy orgullosa e inclinada a elogiar a Winkles. Pero ahora ya no. Tiene la sensación de que aquello no puede ser sano. Usted ya sabe.

—Creí que intentaba usted disminuir las dosis progresivamente.

—Lo intenté, desde luego.

—¿Y no dio resultado?

—Rugidos, dio. Lo corriente es que el grito de un niño sea fuerte y desesperante, y tiene que ser así por el bien de la especie… Pero desde que ha estado sometido al tratamiento con Heracleoforbia…

—¡Mmm! —murmuró Bensington mirándose los dedos con más resignación de la que había demostrado hasta entonces.


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