El bacilo robado y otros incidentes & Cuentos del espacio y del tiempo

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Me apresuré a explicar que Davidson estaba en una especie de trance sonámbulo y Boyce se interesó al instante. Los dos hicimos lo que pudimos para sacarle de aquel estado singular. Él respondía a nuestras preguntas y, a su vez, nos hacía otras, pero su atención parecía dominada por la alucinación sobre una playa y un barco. Seguía interpolando observaciones referentes a un bote y a los pescantes, y a las velas henchidas por el viento. Oírle decir cosas semejantes en aquel oscuro laboratorio le hacía a uno sentirse raro.

Estaba ciego y desvalido. Tuvimos que caminar con él por el pasillo, sujetándolo a cada lado hasta el despacho de Boyce, y mientras Boyce charlaba allí con él, bromeando sobre la idea del barco, yo fui por el corredor a pedir al viejo Wade que viniera a verlo. La voz de nuestro decano le serenó un poco, pero no mucho. Le preguntó dónde tenía las manos, y por qué tenía que caminar con tierra hasta la cintura. Wade reflexionó sobre él durante un buen rato —ya sabéis cómo frunce el ceño—, y luego le hizo tocar el sofá llevándole las manos.

—Es un sofá —dijo Wade—. El sofá del despacho del profesor Boyce. Relleno con crines de caballo.

Davidson lo palpó, se extrañó, y a continuación respondió que podía sentirlo perfectamente, pero que no podía verlo.

—¿Qué ves? —preguntó Wade.


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