El bacilo robado y otros incidentes & Cuentos del espacio y del tiempo
El bacilo robado y otros incidentes & Cuentos del espacio y del tiempo Al ver a Ugh-lomi en peligro, Eudena corrió lateralmente mirando hacia atrás, levantó los brazos y gritó en el momento en que el asta salió volando. Y el joven Ugh-lomi, esperando eso y comprendiendo el grito, inclinó la cabeza de forma que el proyectil apenas le golpeó ligeramente el cuero cabelludo, haciéndole sólo una pequeña herida y volando sobre él. Se volvió de inmediato con la cuarcita Piedra del Fuego en ambas manos y la arrojó derecha al cuerpo de Uya cuando éste corría desprevenido por el lanzamiento. Uya gritó, pero no pudo esquivarla. Le alcanzó de lleno con todo su peso debajo de las costillas, se tambaleó y cayó sin siquiera un grito. Ugh-lomi recogió el asta —cuya punta estaba manchada con su propia sangre— y vino corriendo de nuevo con un hilillo rojo de sangre brotándole del pelo.
Uya dio dos vueltas completas y estuvo un momento tumbado antes de levantarse, pero después no corría deprisa. Le había cambiado el color de la cara. Wau le alcanzó y después los otros. Tosía y tenía una respiración trabajosa, pero siguió.
Por fin los dos fugitivos ganaron la orilla del río donde la corriente era profunda y estrecha, y todavía estaban a cincuenta yardas de Wau, el perseguidor más adelantado, el hombre que hacía las piedras de matar. Llevaba una en cada mano, unos pedernales grandes, en forma de ostra y de doble tamaño, tallados con un borde afilado como un formón.