El bacilo robado y otros incidentes & Cuentos del espacio y del tiempo

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Por fin Ugh-lomi se levantó como alguien que ha tomado una decisión. Volvieron hacia el barranco, Eudena pegada a él, y juntos escalaron hasta el saliente. Cogieron la piedra del fuego y un pedernal y luego Ugh-lomi bajó al pie del acantilado con mucho cuidado y encontró el hacha. Volvieron al acantilado tan silenciosamente como pudieron y con paso enérgico se pusieron en marcha. El saliente ya no era un hogar con semejantes visitas en el vecindario. Ugh-lomi llevaba el hacha y Eudena la piedra del fuego. Así de sencilla era una mudanza paleolítica. Marcharon corriente arriba, aunque eso les podía llevar a la mismísima guarida del oso de las cavernas, porque no había otro camino que tomar. Corriente abajo estaba la tribu, y ¿no había Ugh-lomi matado a Uya y a Wau? Junto a la corriente tenían que mantenerse a causa de la bebida. Así que marcharon entre las hayas con el desfiladero haciéndose más profundo hasta que el río corría en rápidos llenos de espuma a quinientos pies por debajo de ellos. De todas las cosas cambiantes en este mundo de cambios los cursos de los ríos de los valles profundos son lo que menos cambia. Era el río Wey, el río que hoy conocemos, y ellos andaban por los mismísimos lugares donde hoy se alzan los pequeños Guildford y Godalming —los primeros seres humanos que vinieron a esta tierra. Una vez un mono gris parloteó y desapareció, y por todo el borde del acantilado, vasto y uniforme, se extendía la pista del gran oso de las cavernas.


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