El Dios Jimmy Goggles
El Dios Jimmy Goggles »Yo he tenido siempre cierta propensión a la filosofía, y me atrevería a decir que pasé cerca de cinco minutos entregado a tales meditaciones antes de descender al lugar donde el bendito polvo de oro estaba almacenado. La búsqueda fue lenta, pues tenía que andar a tientas casi todo el tiempo, en medio de la tétrica oscuridad, desconcertado por los azulados destellos que bajaban de la toldilla. Había cosas que se movían a mi alrededor; una vez sentí un golpe en el cristal y otra un pinchazo en la pierna. Cangrejos, espero. Di un puntapié a un montón de porquería suelta que me tenía intrigado, me agaché y cogí una cosa llena de nudos y protuberancias. ¿Y qué cree usted que era? ¡Un espinazo! Pero yo nunca he tenido un interés especial por los huesos. Habíamos estudiado a fondo el asunto y Always conocía el lugar exacto donde estaba guardado el tesoro. Lo encontré en esa misma exploración. Cogí un cofre por uno de sus extremos y lo levanté un palmo o dos del suelo.
El hombre interrumpió su relato.
—¡Llegué a levantarlo unos palmos del suelo! —exclamó—. ¡Cuarenta mil libras esterlinas en oro puro!