El Hombre invisible
El Hombre invisible —¿Uno solo le parece poco? —contestó el marinero—. No, gracias a Dios, no tenÃa ningún compinche. —El marinero movió la cabeza lentamente—. Simplemente con pensar que ese tipo anda por aquÃ, en el condado, me hace estar intranquilo. Ahora parece que está en libertad y hay sÃntomas que indican que puede tomar, o ha tomado, la carretera de Port Stowe. ¡Estamos en el ajo! En estos momentos no nos sirven de nada las hipótesis de que si hubiese ocurrido en América. ¡Basta pensar en lo que puede llegar a hacer! ¿Qué harÃa usted, si le ataca? Suponga que quiere robar… ¿Quién podrÃa impedÃrselo? Puede ir donde quiera, puede robar, podrÃa traspasar un cordón de policÃas con tanta facilidad como usted o yo podrÃamos escapar de un ciego, incluso con más facilidad, ya que, según dicen, los ciegos pueden oÃr ruidos que generalmente nadie oye. Y, si se trata de tomar una copa…
—SÃ, en realidad, tiene muchas ventajas —dijo el señor Marvel.
—Es verdad —asintió el marinero—. Tiene muchas ventajas.
Hasta ese momento el señor Marvel habÃa estado mirando a su alrededor, intentando escuchar el menor ruido o detectando el movimiento más imperceptible. ParecÃa que iba a tomar una determinación. Se puso una mano en la boca y tosió.