El Hombre invisible
El Hombre invisible Volvió a mirar y a escuchar a su alrededor; se acercó al marinero y le dijo en voz baja:
—El hecho es que… me he enterado de un par de cosas de ese hombre invisible. Las sé de buena tinta.
—¡Oh! —exclamó el marinero, interesado—. ¿Usted sabe…?
—Sà —dijo el señor Marvel—. Yo…
—¿En serio? —exclamó el marinero—. ¿Puedo preguntarle…?
—Se quedará asombrado —dijo el señor Marvel, sin quitarse la mano de la boca—. Es algo increÃble.
—¡No me diga! —señaló el marinero.
—El hecho es que… —comenzó el señor Marvel en tono confidencial. Y de repente le cambió la expresión—. ¡Ay! —exclamó levantándose de su asiento. En su cara se podÃa ver reflejado el dolor fÃsico—. ¡Ay! —repitió.
—¿Qué le ocurre? —preguntó el marinero, preocupado.
—Un dolor de muelas —dijo el señor Marvel mientras se llevaba la mano al oÃdo. Cogió los libros—. Será mejor que me vaya —añadió, levantándose de una manera muy curiosa del banco.
—Pero usted iba a contarme ahora algo sobre ese hombre invisible —protestó el marinero.
Entonces el señor Marvel pareció consultar algo consigo mismo.