El Hombre invisible

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Capítulo XXI. En Oxford Street

—Cuando bajé las escaleras por primera vez, tuve grandes dificultades, porque no podía verme los pies; tropecé dos veces y notaba cierta torpeza al agarrarme a la barandilla. Sin embargo, pude caminar mejor evitando mirar hacia abajo. Estaba completamente exaltado, como el hombre que ve y que camina sin hacer ningún ruido, en una ciudad de ciegos. Me entraron ganas de bromear, de asustar a la gente, de darle una palmada en la espalda a algún tipo, de tirarle el sombrero a alguien, de aprovecharme de mi extraordinaria ventaja.

»Apenas acababa de salir a Great Portland Street (mi antigua casa estaba cerca de una tienda de telas), cuando recibí un golpe muy fuerte en la espalda; al volverme, vi a un hombre con una cesta con sifones, que miraba con asombro su carga. Aunque el golpe me hizo daño, no pude aguantar una carcajada, al ver la expresión de su rostro. «Lleva el diablo en la cesta», le dije, y se la arrebaté de las manos.





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