El Hombre invisible
El Hombre invisible De repente, la casa entera se llenó del eco de los hachazos que daba el hombre invisible en la puerta de la cocina. La muchacha se quedó mirando a la puerta, se asustó y volvió al comedor. Kemp intentó explicarse con frases encontradas. Luego oyeron cómo cedía la puerta de la cocina.
—¡Por aquí! —gritó Kemp, y se puso en acción, empujando a los policías hacia la puerta del comedor.
—¡El atizador! —dijo y corrió hacia la chimenea. Le dio un atizador a cada policía. De pronto, se echó hacia atrás.
—¡Oh! —exclamó un policía y, agachándose, dio un golpe al hacha con el atizador. El revólver disparó una penúltima bala y destrozó un valioso Sidney Cooper. El otro policía dejó caer el atizador sobre el arma, como quien intenta matar a una avispa, y lo lanzó, rebotando, al suelo.
Al primer golpe, la muchacha lanzó un grito y se quedó chillando al lado de la chimenea; después, corrió a abrir las contraventanas, quizá con la idea de escapar por allí.
El hacha retrocedió y se quedó a unos dos pies del suelo. Todos podían escuchar la respiración del hombre invisible.
—Vosotros dos, marchaos —dijo—, sólo quiero a Kemp.