El Hombre invisible

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El pequeño grupo de gente asustada pero curiosa era cada vez más grande. La señora Huxter se unió al poco rato; algunos jóvenes que lucían chaquetas negras y corbatas de papel imitando piqué, pues era Pentecostés, también se acercaron preguntándose qué ocurría. El joven Archie Harker, incluso, cruzó el patio e intentó fisgar por debajo de las persianas. No pudo ver nada, pero los demás creyeron que había visto algo y se le unieron enseguida.

Era el día de Pentecostés más bonito que habían tenido hasta entonces; y a lo largo de la calle del pueblo podía verse una fila de unos doce puestos de feria y uno de tiro al blanco. En una pradera al lado de la herrería podían verse tres vagones pintados de amarillo y de marrón y un grupo muy pintoresco de extranjeros, hombres y mujeres, que estaban levantando un puesto de tiro de cocos. Los caballeros llevaban jerseys azules y las señoras delantales blancos y sombreros a la moda con grandes plumas. Wodger, el de la Purple Fawn, y el señor Jaggers, el zapatero, que, además, se dedicaban a vender bicicletas de segunda mano, estaban colgando una ristra de banderines (con los que, originalmente, se celebraba el jubileo) a lo largo de la calle.



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