El Hombre invisible
El Hombre invisible Y, mientras tanto, dentro, en la oscuridad artificial del salón, en el que sólo penetraba un débil rayo de luz, el forastero, suponemos que hambriento y asustado, escondido en su incómoda envoltura, miraba sus papeles con las gafas oscuras o hacía sonar sus botellas, pequeñas y sucias y, de vez en cuando, gritaba enfadado contra los niños, a los que no podía ver, pero sí oír, al otro lado de las ventanas. En una esquina, al lado de la chimenea, yacían los cristales de media docena de botellas rotas, y el aire estaba cargado de un fuerte olor a cloro. Esto es lo que sabemos por lo que podía oírse en ese momento y por lo que, más tarde, pudo verse en la habitación. Hacia el mediodía, el forastero abrió de repente la puerta del salón y se quedó mirando fijamente a las tres o cuatro personas que se encontraban en ese momento en el bar.
—Señora Hall —llamó.
Y alguien se apresuró a avisarla.
La señora Hall apareció al cabo de un instante con la respiración un poco alterada, pero todavía furiosa. El señor Hall aún se encontraba fuera. Ella había reflexionado sobre lo ocurrido y acudió llevando una bandeja con la cuenta sin pagar.
—¿Desea la cuenta, señor? —le dijo.
—¿Por qué no ha mandado que me trajeran el desayuno? ¿Por qué no me ha preparado la comida y contestado a mis llamadas? ¿Cree que puedo vivir sin comer?