El Hombre invisible
El Hombre invisible Al ver todo aquello, los que se encontraban en la calle, el vendedor de dulces, el propietario de la caseta del tiro de cocos y su ayudante, el señor de los columpios, varios niños y niñas, petimetres paletos, elegantes jovencitas, señores bien vestidos e incluso las gitanas con sus delantales se acercaron corriendo a la posada; y, milagrosamente, en un corto perÃodo de tiempo una multitud de casi cuarenta personas, que no dejaba de aumentar, se agitaba, silbaba, preguntaba, contestaba y sugerÃa delante del establecimiento del señor Hall. Todos hablaban a la vez y aquello no parecÃa otra cosa que la torre de Babel. Un pequeño grupo atendÃa a la señora Hall, que estaba al borde del desmayo. La confusión fue muy grande ante la evidencia de un testigo ocular, que seguÃa gritando:
—¡Un fantasma!
—¿Qué es lo que ha hecho?
—¿No la habrá herido?
—Creo que se le vino encima con un cuchillo en la mano.
—Te digo que no tiene cabeza, y no es una forma de hablar, me refiero a ¡un hombre sin cabeza!
—¡TonterÃas! Eso es un truco de prestidigitador.
—¡Se ha quitado unos vendajes!