El Hombre invisible

El Hombre invisible

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El señor Thomas Marvel estaba sentado en la cuneta de la carretera de Adderdean, a una milla y media de Iping. Sus pies estaban únicamente cubiertos por unos calcetines mal puestos, que dejaban asomarse unos dedos anchos y tiesos, como las orejas de un perro que está al acecho. Estaba contemplando con tranquilidad un par de botas que tenía delante. Él hacía todo con tranquilidad. Eran las mejores botas que había tenido desde hacía mucho tiempo, pero le estaban demasiado grandes. Por el contrario, las que se había puesto eran muy buenas para tiempo seco, pero, como tenían una suela muy fina, no valían para caminar por el barro. El señor Thomas Marvel no sabía qué odiaba más, si unas botas demasiado grandes o caminar por terreno húmedo. Nunca se había parado a pensar qué odiaba más, pero hoy hacía un día muy bueno y no tenía otra cosa mejor que hacer. Por eso puso las cuatro botas juntas en el suelo y se quedó mirándolas. Y al verlas allí, entre la hierba, se le ocurrió, de repente, que los dos pares eran muy feos. Por eso no se inmutó al oír una voz detrás de él que decía:

—Son botas.

—Sí, de las que regalan —dijo el señor Thomas Marvel con la cabeza inclinada y mirándolas con desgana—. Y ¡maldita sea si sé cuál de los dos pares es más feo!

—Humm —dijo la voz.


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