El Hombre invisible
El Hombre invisible —Las he tenido peores, incluso, a veces, ni he tenido botas. Pero nunca unas tan condenadamente feas, si me permite la expresión. He estado intentando buscar unas botas. Estoy harto de las que llevo. Son muy buenas, pero se ven mucho por ahÃ. Y, créame, no he encontrado en todo el condado otras botas que no sean iguales. ¡MÃrelas bien! Y eso que, en general, es un condado en donde se fabrican buenas botas. Pero tengo mala suerte. He llevado estas botas por el condado durante más de diez años, y luego, me tratan como me tratan.
—Es un condado salvaje —dijo la voz— y sus habitantes son unos cerdos.
—¿Usted también opina as� —dijo el señor Thomas Marvel—. Pero, sin duda, ¡lo peor de todo son las botas!
Al decir esto, se volvió hacia la derecha, para comparar sus botas con las de su interlocutor, pero donde habrÃan tenido que estar no habÃa ni botas ni piernas. Entonces se volvió hacia la izquierda, pero allà tampoco habÃa ni botas ni piernas. Estaba completamente asombrado.
—¿Dónde está usted? —preguntó mientras se ponÃa a cuatro patas, y miraba para todos lados. Pero sólo encontró grandes praderas y, a lo lejos, verdes arbustos movidos por el viento.