El Hombre invisible
El Hombre invisible —Es curioso —dijo el señor Thomas Marvel, que, sentado, se cogÃa el dedo dañado con la mano y tenÃa la vista fija en la tercera piedra—. No lo entiendo. Piedras que se mueven solas. Piedras que hablan. Me siento. Me rindo.
La tercera piedra cayó al suelo.
—Es muy sencillo —dijo la voz—. Soy un hombre invisible.
—DÃgame otra cosa, por favor —dijo el señor Marvel, aún con cara de dolor—. ¿Dónde está escondido? ¿Cómo lo hace? No entiendo nada.
—No hay más que entender —dijo la voz—. Soy invisible. Es lo que quiero hacerle comprender.
—Eso, cualquiera puede verlo. No tiene por qué ponerse asÃ. Y, ahora, deme una pista. ¿Cómo hace para esconderse?
—Soy invisible. Ésa es la cuestión y es lo que quiero que entienda.
—Pero, ¿dónde está? —interrumpió el señor Marvel.
—¡AquÃ! A unos pasos, enfrente de usted.
—¡Vamos, hombre, que no estoy ciego! Y ahora me dirá que no es más que un poco de aire. ¿Cree que soy tonto?
—Pues es lo que soy, un poco de aire. Usted puede ver a través de mÃ.