El Hombre invisible
El Hombre invisible Cuss empezó a pasar páginas, sufriendo un repentino desengaño.
—Estoy… ¡no puede ser! Todo está escrito en clave, Bunting.
—¿No hay ningún diagrama —preguntó Bunting—, ningún dibujo que nos pueda ayudar algo?
—MÃralo tú mismo —dijo el señor Cuss—. Parte de lo que hay son números, y parte está escrito en ruso o en otra lengua parecida (a juzgar por el tipo de letra), y, el resto, en griego. A propósito, usted sabÃa griego…
—Claro —dijo el señor Bunting sacando las gafas y limpiándolas a la vez que se sentÃa un poco incómodo (no se acordaba ni de una palabra en griego)—. SÃ, claro, el griego puede darnos alguna pista.
—Le buscaré un párrafo.
—Prefiero echar un vistazo antes a los otros volúmenes —dijo el señor Bunting limpiando las gafas—. Primero hay que tener una impresión general, Cuss. Después, ya buscaremos las pistas.
Bunting tosió, se puso las gafas, se las ajustó, tosió de nuevo y, después, deseó que ocurriera algo que evitara la terrible humillación. Cuando cogió el volumen que Cuss le tendÃa, lo hizo con parsimonia y, acto seguido, ocurrió algo.
Se abrió la puerta de repente.