El Hombre invisible
El Hombre invisible Los dos hombres dieron un salto, miraron a su alrededor y se tranquilizaron al ver una cara sonrosada debajo de un sombrero de seda adornado con pieles.
—Una cerveza —pidió aquella cara y se quedó mirando.
—No es aquà —dijeron los dos hombres al unÃsono.
—Es por el otro lado, señor —dijo el señor Bunting.
—Y, por favor, cierre la puerta —dijo el señor Cuss, irritado.
—De acuerdo —contestó el intruso con una voz mucho más baja y distinta, al parecer, de la voz ronca con la que habÃa hecho la pregunta—. Tienen razón —volvió a decir el intruso con la misma voz que al principio—, pero, ¡manténganse a distancia!
Y desapareció, cerrando la puerta.
—Yo dirÃa que se trata de un marinero —dijo el señor Bunting—. Son tipos muy curiosos. ¡Manténganse a distancia! Imagino que será algún término especial para indicar que se marcha de la habitación.
—Supongo que debe ser eso —dijo Cuss—. Hoy tengo los nervios deshechos. Vaya susto que me he llevado, cuando se abrió la puerta.
El señor Bunting sonrió como si él no se hubiese asustado.