La isla del doctor Moreau

La isla del doctor Moreau

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Fue a por el arma y la dejó sobre la mesa. Se marchó, dejando en el ambiente una contagiosa sensación de inquietud. Cuando hubo salido me levanté, cogí el revólver y abandoné la casa.

Reinaba una calma sepulcral. No corría ni gota de aire. El mar estaba como un espejo, el cielo completamente despejado y la playa desierta. En ese estado semiagitado y febril en que me hallaba, tanta calma me resultaba opresiva.

Intenté silbar, pero la melodía se desvaneció en mis labios. Volví a maldecir, por segunda vez en esa mañana. Después fui hasta la esquina del recinto y miré tierra adentro, hacia los matorrales que se habían tragado a Moreau y a Montgomery. ¿Cuándo volverían? ¿Y cómo?

En ese momento, muy lejos, al otro extremo de la playa surgió un pequeño Salvaje gris que corrió hasta la orilla y empezó a chapotear en el agua. Fui hasta la puerta, luego hasta la esquina, y así comencé a ir y venir como un centinela de guardia. En una ocasión me detuvo la voz de Montgomery, que gritaba en la distancia:

—¡Moreau!

El brazo me dolía menos, pero me ardía. Tenía fiebre y sed. Mi sombra se hacía cada vez más pequeña. Observé aquella figura distante hasta que desapareció de mi vista.

¿Regresarían Moreau y Montgomery?


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