La isla del doctor Moreau

La isla del doctor Moreau

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Hubo un silencio, luego un crujido aquí, otro allá, y seis rostros, seis extraños rostros, iluminados por una luz extraña, hicieron su aparición. M’ling emitió un profundo gruñido. Reconocí al Hombre Mono —de hecho ya había identificado su voz— y a dos de las criaturas de tez morena y cubiertas de vendas a las que había visto en el bote de Montgomery. Con ellos iban las dos bestias moteadas y la horrible y encorvada criatura que recitaba la Ley, con las mejillas cubiertas de pelo gris, enormes cejas grises y grandes mechones de pelo colgando de la frente. Era una cosa enorme y sin rostro, de siniestros ojos rojos que nos miraban desde la maleza llenos de curiosidad.

Al principio nadie habló. Al cabo de un rato, Montgomery dijo, entre hipidos:

—¿Quién… ha dicho que estaba muerto?

El Hombre Mono miró al Monstruo de pelo gris con ojos delatadores.

—Está muerto —afirmó el Monstruo—. Ellos lo vieron.

No había ni rastro de amenaza en su voz. Todos parecían profundamente sorprendidos y atemorizados.

—¿Dónde está? —preguntó Montgomery.

—Allí —señaló la criatura gris.

—¿Hay alguna Ley ahora? —preguntó el Hombre Mono—. ¿Está muerto de verdad?

—¿Hay una Ley? —repitió el hombre de blanco.


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