La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau Me puse a darle vueltas en la cabeza a la desesperación de Montgomery. «Cambiarán —dijo—. Seguro que cambiarán». Y Moreau, ¿qué habÃa dicho Moreau? «Su bestialidad es cada dÃa mayor…». Luego volvà a acordarme del Cerdo Hiena. Estaba seguro de que, si no mataba a aquella bestia, ella me matarÃa a mÃ… El Recitador de la Ley habÃa muerto. ¡Qué desgracia!… Ahora sabÃan que los Hombres del Látigo podÃan morir igual que ellos…
¿Me estarÃan espiando desde las masas verdes de helechos y palmeras, a la espera de tenerme a su alcance? ¿Qué estarÃan tramando contra mÃ? ¿Qué les estarÃa diciendo el Cerdo Hiena? Mi imaginación me sumÃa en un mar de temores infundados.
Mis pensamientos quedaron interrumpidos por los gritos de unas aves marinas que se precipitaban hacia un objeto negro que las olas habÃan depositado en la arena, cerca del recinto. SabÃa muy bien de qué se trataba, pero me faltó valor para ir a ahuyentarlas. Comencé a caminar por la playa en dirección contraria, con la intención de bordear el extremo oriental de la isla y acercarme asà al barranco de las cabañas, sin exponerme a las posibles emboscadas de la selva.