La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau Así, a solas, llegué hasta el barranco de los Monstruos y, escondido entre las hierbas y los juncos que lo separaban del mar, los observé a medida que iban apareciendo, intentando juzgar por su actitud y sus gestos en qué medida les había afectado la muerte de Moreau y de Montgomery y la destrucción de la Casa del Dolor. Entonces comprendí el desatino de mi cobardía. Si hubiera tenido el mismo valor que al amanecer, si no hubiera permitido que se disipara en reflexiones solitarias, podría haberme adueñado del cetro vacante de Moreau y dominar a los Monstruos. Pero había perdido la oportunidad, y había descendido al rango de simple líder de mis iguales.
Hacia el mediodía, algunos se tumbaron al sol sobre la arena caliente. La imperiosa voz del hambre y de la sed prevalecía sobre mis temores. Salí de mi escondite entre los matorrales y, revólver en mano, descendí hacia donde estaban sentadas aquellas criaturas. Una de ellas, una Mujer Lobo, volvió la cabeza y me miró con asombro; los demás la imitaron. Ninguno hizo ademán de levantarse o saludar. Estaba demasiado débil y cansado para enfrentarme a tantos, y dejé pasar la ocasión.
—Quiero comer —dije, casi disculpándome, mientras me acercaba a ellos.
—Hay comida en las cabañas —dijo un Oso jabalí medio dormido, volviendo la cabeza hacia otro lado.