La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau Asà empezó el perÃodo más largo de mi estancia en la isla del doctor Moreau. Pero desde esa noche y hasta el final sólo ocurrió un incidente digno de mención, amén de una interminable serie de pequeños detalles desagradables y de un desasosiego constante. De modo que prefiero no hacer una crónica de ese lapso de tiempo y ceñirme a un acontecimiento crucial en los diez meses que pasé en compañÃa de aquellas bestias semihumanas. Me dejarÃa cortar la mano derecha para olvidar muchas cosas que han quedado grabadas en mi memoria y que podrÃa referir. Pero no añaden nada a la historia. Al volver la vista atrás, me sorprendo al recordar lo pronto que me adapté a las costumbres de los Monstruos y me gané su confianza. Tuve algunas peleas, de cuyas mordeduras aún conservo las cicatrices, pero no tardaron en mostrar un sano respeto por mi habilidad como lanzador de piedras y por el filo de mi hacha. La ayuda del Hombre Perro —leal como un San Bernardo— fue inestimable para mÃ. Descubrà que su sencilla escala de valores se basaba ante todo en la capacidad para producir heridas sangrantes. De hecho, puedo afirmar —espero que sin vanidad— que llegué a ocupar una posición preeminente entre ellos. Más de uno al que habÃa malherido en alguna pelea me guardaba rencor, pero generalmente se limitaba a hacerme muecas, casi siempre a mis espaldas y a prudencial distancia de mis misiles.