La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau Al cabo de un mes, y en comparación con su situación anterior, los Monstruos eran pasablemente humanos, y con alguno de ellos —aparte de mi compañero canino— llegué a portarme de manera tolerante y amistosa. El Perezoso me mostraba un raro afecto y me seguÃa a todas partes. El Hombre Mono, sin embargo, me fastidiaba sobremanera. Daba por hecho, fundándose en sus cinco dedos, que era mi igual, y se pasaba el dÃa cotorreando y diciendo las mayores tonterÃas. Sólo habÃa una cosa en él que me hacÃa gracia: tenÃa una fantástica habilidad para inventar palabras nuevas. Al parecer pensaba que el uso correcto del lenguaje consistÃa en farfullar palabras sin sentido. Llamaba a esto «grandes ideas», para distinguirlo de las «pequeñas ideas», es decir, de los detalles de la vida cotidiana. Cuando hacÃa un comentario que él no entendÃa, siempre lo alababa mucho y me pedÃa que lo repitiese para aprenderlo de memoria; luego iba repitiéndolo por todas partes para impresionar a los más ingenuos. No decÃa nada que fuese sencillo y comprensible. Inventé algunas «grandes ideas» para su uso particular. Ahora me parece que era la criatura más tonta que he conocido jamás: a la caracterÃstica necedad del hombre sumaba prodigiosamente la estupidez natural del mono.