La isla del doctor Moreau

La isla del doctor Moreau

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Algunos —primero las hembras, según observé con cierta sorpresa— comenzaron a hacer caso omiso de las normas del decoro, casi siempre deliberadamente. Otros incluso se rebelaron en público contra la institución de la monogamia. Era evidente que la Ley se debilitaba a ojos vista. No puedo seguir con este desagradable asunto. Mi Hombre Perro se transformaba lentamente en perro a secas; poco a poco se fue volviendo más estúpido, más cuadrúpedo y más peludo. Apenas advertí la transición de compañero fiel a perro furtivo. A medida que crecían la negligencia y la desorganización, el camino de las cabañas, ya de por sí desagradable, se me hizo tan repugnante que tuve que abandonarlo y, atravesando otra vez la isla, me construí un cobertizo de ramas entre las negras ruinas del recinto de Moreau. El recuerdo del dolor que allí habían padecido hacía de aquél un lugar seguro para esconderse de los Monstruos.

Sería imposible detallar paso a paso la degeneración de los Monstruos: contar cómo perdían día a día los rasgos humanos, cómo se deshacían de sus trapos y sus vendas hasta prescindir por completo de la ropa, cómo empezaba a extenderse el pelo por sus extremidades desnudas, cómo se les hundía la frente y se les alargaba la cara. El solo recuerdo de la intimidad casi humana que había tenido con alguno de ellos durante el primer mes de mi soledad me espantaba.


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