La isla del doctor Moreau

La isla del doctor Moreau

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La transformación se produjo de manera lenta e imparable. No fue una conmoción ni para ellos ni para mí. Aún podía sentirme seguro entre ellos, porque su regresión aún no había liberado la explosiva carga de animalidad que apagaba por momentos sus características humanas. Pero empecé a temer que la conmoción se produjese en cualquier momento. Mi San Bernardo me siguió hasta el recinto, y su vigilancia a veces me permitía dormir casi en paz. El Perezoso rosado se volvió asustadizo y regresó a su medio natural entre las ramas de los árboles. Nuestro estado de equilibrio era el mismo que el que quedaría en una de esas jaulas llenas de animales diversos que exhiben los domadores, si el domador las abandonara para siempre.

Pero estas criaturas no degeneraron en bestias como las que el lector habrá visto en los zoológicos, es decir, en vulgares osos, lobos, tigres, bueyes, cerdos o monos. Seguía habiendo algo extraño en su naturaleza; en cada uno de ellos Moreau había mezclado un animal con otro: uno tenía rasgos principalmente osunos, otro felinos, el de más allá bovinos, pero cada cual estaba contaminado por otras criaturas, y una especie de animalismo generalizado surgía bajo sus caracteres específicos. Todavía me sorprendían de vez en cuando ciertos rasgos humanos, como la recuperación momentánea del lenguaje hablado, la inesperada habilidad de las patas delanteras o algún penoso intento de caminar erguidos.


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