La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau También yo debí de experimentar extraños cambios. Mi ropa era un puñado de andrajos amarillentos, a través de los cuales se veía la piel bronceada. Tenía el pelo larguísimo y enmarañado. Dicen que incluso ahora mis ojos conservan un brillo y una viveza inusuales.
Al principio pasaba el día en la playa meridional, oteando el horizonte, esperando el paso de un barco y rogando por su aparición. Confiaba en el regreso anual del Ipecacuanha, pero nunca llegaba. En cinco ocasiones divisé velas, y vi tres columnas de humo, pero nadie se detuvo en la isla. Tenía siempre una hoguera encendida, pero sin duda se atribuía el humo a la naturaleza volcánica de la isla.