La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau Al principio no lo entendí, pero luego se me ocurrió que quizá quería que lo siguiera; entonces fui tras él, muy despacio, porque hacía mucho calor. Al llegar a los árboles comenzó a trepar por uno de ellos, pues se desplazaba mejor a través de las lianas que en tierra firme.
De repente, en un claro del bosque, me encontré con una escena espantosa: mi San Bernardo yacía muerto en el suelo, y junto a él, agazapado, estaba el Cerdo Hiena, desgarrando la carne palpitante con sus deformes garras; mordisqueándola y gruñendo con delectación. Al acercarme, el Monstruo levantó hacia mí unos ojos amenazadores, echó hacia atrás los labios, mostrando los dientes ensangrentados, y rugió con aire desafiante. No tenía miedo ni sentía vergüenza; había perdido el último vestigio de su procedencia humana. Avancé un paso, me detuve y saqué el revólver. Por fin estábamos frente a frente.